lunes, 11 de octubre de 2010

todo o nada


Un avión no cruza el océano si no toma el máximo de potencia de sus motores, un crucero no llega a otro puerto continental si no ha puesto al máximo sus propelas, nadie llega a la meta si no se emplea a fondo en la tarea de conseguirla. Para conseguir la meta: hay que dar todo o conformarse con nada.
San Agustín le escribió a una amiga llamada Proba lo siguiente: cuanto más fielmente creemos, más firmemente esperamos y más ardiente deseamos este don, más capaces somos de recibirlo, lo que resulta para nosotros un motivo de ánimo en el camino de ascenso en la oración, y a su vez, nos da tres herramientas que nos llegan como escalones que vemos en el horizonte para subir hasta nuestra meta particular. La totalidad de nuestro dar-todo se refleja en un movimiento de tres fases vistas desde estos escalones.
El primer escalón se llama creer, es una actividad de nuestra voluntad que se afianza en lo visualizado o prometido. Creer es depositar nuestra existencia en la firmeza de una piedra de soporte, es poner un pedazo de nuestro ser en lo amado y salir a encontrarlo de nuevo.
El segundo escalón es la espera, que va de la mano con aquello que llamamos tiempo. Sirve para bajar los niveles de cualquier tormenta interior, y preparar la tranquilad que es propia del momento justo, es acertar adecuadamente.
Por último, vemos el tercer escalón, va creciendo desde el primero, se llama: deseo, es lo que nos hace capaces de recibir, de concretar la meta esperada, es la plenitud en crecimiento y se parece a una semilla que luego de un tiempo, brota como un delicioso fruto en la explanada del tercer escalón, es el máximo disfrute del tiempo perfecto para acertar.
Creer, esperar y desear son tres escalones que suben nuestro ser con todo su potencial hacia lo más alto, y abren nuestra existencia a experiencias, que sin el previo esfuerzo de escalar, no tendrían nada de sentido haberlas obtenido.

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