lunes, 4 de octubre de 2010

Del aislamiento a la soledad


Esconderse, no hablar en público, callar cuando se quiere hablar, desvincularse del grupo trabajo o de clases, esconder la mirada, son algunos de los múltiples síntomas que padecen aquellos que se aíslan, que se desmiembran del entramado humano e intentar vivir al margen de todo, pero ahogados en millones de pensamientos que anhelan una libertad que no saben cómo encontrar.
El corazón humano es centro de muchos encuentros, nos encontramos con los parientes, con los amigos, con equipos de trabajos, con el afecto de otras personas, aunque existe un encuentro que es muy disimulado, y al cual muchos le huyen, se trata del encuentro con uno mismo.
El modo privilegiado para suscitar una relación con nuestro propio-yo es el silencio, no el silencio de un rincón detrás de una cortina de nuestra casa, no es un silencio producto de un escondite; es el silencio producto de una reflexión serena, de cerrar la puerta de la habitación y pensar en uno mismo como centro de necesidades, porque el encuentro de la soledad con nuestro yo, es un encuentro sanador que descubre nuestras carencias y nos hace tomarlas en cuenta.
Dios es el primero que sabe nuestras carencias, es más, las empieza a tomar en cuenta antes que nosotros las tengamos como necesidades, pero el momento más cumbre es cuando la soledad nos arropa y le mostramos nuestro corazón tal cual, por el contrario, en el aislamiento, ni el mismo Dios puede hacer nada, porque nos convertimos como una bolsa que guarda alimentos en vías de descomposición o ya descompuestos. Dios actúa en nosotros en la soledad, todos vivimos la soledad, desde el monje en el convento, hasta el matrimonio vivido por una joven pareja, todos vivimos el encuentro con uno mismo en la soledad de un momento privilegiado.
El aislamiento es vivir de las propias reservas, que no son muchas.
La soledad, es la serenidad de mi propio ser hacia adentro, es escuchar el latir vital en medio de nuestro pecho.
El aislamiento es inclinar la cabeza en dirección hacia el ombligo y no ver para ningún lado.
La soledad es cerrar los ojos y levantar las manos hacia el cielo.
El aislamiento enferma al de corazón de miedos, rabias, egoísmos, y de dolores incurables.
La soledad es el momento en donde el Gran Sanador pasa su mano y nos limpia las heridas y restituye el color de nuestras esperanzas.

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