lunes, 27 de septiembre de 2010

la copa del dolor


Una cosa está clara al leer este texto: "Así, pues, todas las veces que coman este pan, y beban esta COPA, anuncian la muerte del Señor hasta que él venga (1Co 11, 26)"
De la copa de la alegría es justo hablar, pero comencemos hablando de la copa, del cáliz del dolor, ése que se encuentra en la mesa de todos nosotros y que igual tenemos que tomarlo hasta el fondo.
La copa del dolor es aquella que sabe amarga, que nos duele una vez que entra en contacto con nosotros aunque sin ella, la dulzura de la alegría no podría saber igual.
Cuando era niño me tocó cuidar de mi abuela Aurora, y de ese modo, todo lo que se refiere al cuidado de una persona inválida que puede ser muy pesado para un niño, en mí estaba la mezcla de quererlo hacer y salir corriendo a jugar en esas cuestiones de infantes.
Limpiar, ordenar, trasladar, conversar y hasta cumplir las órdenes de ella, era parte de mi labor como el nieto mayor en una casa en donde todos trabajan, era una copa de compromiso la mía, en ese momento. Pero la copa del dolor era la que se tomaba mi abuela y que por más de una década yo no la pude comprender hasta el día en que ella murió, y en medio de aquel sepelio se me ocurrió decir que ella fue mi mayor ejemplo de fortaleza, acto seguido todos oramos y procedieron a sepultarla.
Ese día ella bebió hasta el fondo un largo trago amargo, creció en medio de grandes necesidades, levantó la juventud de mis tíos y mi papá, soportó la ida de mi abuelo a otro hogar, la escasez, los nietos, la enfermedad degenerativa de los huesos, el alzheimer, la ceguera, mis incomprensiones infantiles.... y en todo ello, ella siempre firme.
Nunca se graduó en la universidad, ni tuvo mayor éxito económico, ni viajó por el mundo, pero se bebió la copa del dolor como una campeona, una copa que pocos habrían asumido.
Ella ya descansa como un grandioso premio a su valor, pero ahí esta su ejemplo de cómo beber la copa hasta el final: sin reproches, sin torturas internas, sin bajar la guardia, teniendo a Dios en el corazón hasta el último momento terrenal, congregando a todos a su lado y diciéndonos: vamos que sí se puede.
La copa del dolor, ella la bebió hasta el fondo y me enseñó a tomarla desde muy pequeño, es la copa que beben los verdaderamente humanos, los que tienen el corazón repleto de vida, los que laten y marcan su camino al andar, los que cambian de color el paisaje, los que no se cansan de intentar, los que fracasan y se levantan, así es la copa del dolor.

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