jueves, 16 de septiembre de 2010

el semáforo


Las señales de tránsito poseen un lenguaje entendido por el mundo entero, cruzando cualquier cultura podemos saber que el rojo es para detenerse, el amarillo es para disminuir la velocidad en viaje, y el verde es para seguir el camino. Sin ellos, nuestras calles serían un desastre, y nadie duda que los desastres son de magnitudes llegan hasta la pérdida de vidas.
Ahora pasando al plano de la existencia humana, también en nuestras vidas existen o debemos “tener semáforos”.
Los semáforos comandan, rigen y ordenan el inevitable tránsito de nuestras calles, y de ese mismo modo sucede en nuestras vidas, inevitablemente muchas personas, situaciones y contextos culturales nos cruzan día a día.
Existe un lugar que requiere una ayuda especial, nuestro interior, nuestro lugar propio y de nadie más, el sitio donde somos y donde no podemos dejar de ser. En ese sitio, se requiere una ayuda especial de un “semáforo” para nuestro corazón.
El dominio de nuestras entradas y salidas, del tránsito hacia nuestro interior no debe ser una cuestión sin cuidado, lo necesita y mucho.
Cuando entran y salen de nuestras vidas sin control, y quienes transitan cubren sus necesidades, nos dejan una pesada estela de inconformismo, de rabia, de tristeza y hasta de impotencia, cuando sólo servimos de paso-para-otros, las sombras cubren nuestras existencias.
No fue diseñado nuestro corazón, para otra cosa que no sea para amar, y nuestra principal vía para transitar se puede ver repleta de transeúntes vagabundos, ladrones, visitantes interesados en tomar una buena postal y luego irse, en fin son tantos los que pueden entrar, y que sin ningún control, sin ningún semáforo, nos podrían hacer mucho daño, y sobretodo daño espiritual, del corazón.
Controlar las entradas y salidas de nuestro corazón nos hace dueños de nosotros mismo, nosotros damos la señal, no somos propiedad pública, no nos gusta que nos contaminen la vía, que nos roben momentos valiosos, o que sólo nos utilicen para que una foto salga siempre bonita.
Parece mentira, siempre podemos ser víctimas del no-dominio de nosotros, y queriendo ser generosos luego padecemos de cansancio y fatiga por haber sido simplemente usados, transitados sin mayor trascendencia, de haber sido asaltados en plena vía. Ser “generosos” nos podría llevar a perder nuestro corazón, podría simplemente ser pisoteado por los descuidados transeúntes.
El semáforo nos permite cuidar del tránsito, para permitirle cruzar por nuestro templo llamado corazón a esas personas que de verdad lo merezcan, que cuiden tu vía, y que respeten el cuidado con la cual se la hemos presentado.
El semáforo, es una señal clara de belleza que nace del interior y que se refleja en paz y tranquilidad hacia el exterior.

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