sábado, 30 de julio de 2011

Eres tu interior, no lo que sientes.


No somos lo que podemos sentir en un instante, no somos odio, no somos envidia, no somos rabias, no somos lujuria; somos hijos de Dios que buscamos ser cada vez mejores.
Conocer el corazón del Padre tiene que ser la meta de cada hijo, dado que en el corazón del Padre se encuentran respuestas a los dramas cotidianos que cada uno de nosotros puede vivir, porque: ¿cómo es posible que siendo tan buenos nosotros, podamos sentir cosas tan malas? porque somos humanos, y Dios sabe eso, que buscamos amarle así sea con tanteos.
El autorechazo es uno de los castigos más severos que nos podemos proporcionar nosotros mismos, lo cual se encuentra muy lejos del corazón del Padre Bueno, aquí está un buen ejemplo del corazón palpitante de amor del Padre: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acuasarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».Juan 8, 1-11.
Somos nuestra bondad expresada en la sencillez de nuestros sentimientos.
Somos el amor que le brindamos a los más débiles.
Somos la caridad en tiempos de emergencias.
Somos de Dios aunque no lo creamos, Dios sí lo cree.
Somos nuestra desición de cada día, no podemos ser aquello que está en la periferia de nuestra vida, los sentimientos negativos son productos externos a nosotros, que no nos definen; nos definen las bondades... por muy chiquitas que ellas pueden ser; no somos pecado, somos gracia de Dios.

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