martes, 10 de mayo de 2011

cuenta tu vida sin complejos


Cuantas luchas, cuantas victorias, cuantas derrotas, cuantas fantasías, cuantas realidades crudas, y todo eso sin quitar nada, todo eso forma parte de nuestra historia.
Nuestra historia requiere la aceptación de nuestro ser, porque todo lo que se ha suscitado en nosotros tiene algún motivo, todo lo que somos en la actualidad tiene como base hasta lo más mínimo del pasado, y de nuestro presente, depende nuestro futuro.
Mientras haya vida, habrá oportunidades, la mejor vida es cuando todo depende de uno mismo y no de ataduras del pasado. Si los dolores del pasado se nos acercan, los podemos relatar como algo que ya no nos hará daño, no por el simple hecho de contarlo, sino por el hecho de entender que en el presente tenemos oportunidades de ser mejores. Tenemos muchas oportunidades que al final de esta aventura que se llama vivir de conquistar lo que deseamos.
No dependemos del pasado para mostrarnos en el presente, ya no dependemos de los maltratos de la niñez, de las desventuras de la adolescencia, no dependemos de las humillaciones, no dependemos de los desprecios a nuestro amor, no dependemos de haber sido abandonados, no dependemos de haber mendigado caricias.
Dar el testimonio con nuestra vida puede ser doloroso o puede ser seguro; será doloroso cuando contemos nuestra vida desde el lugar del dolor, los lugares dolorosos pueden ser: personas, situaciones, fechas, conversaciones, que dejan la herida abierta y el corazón acelerado por las imágenes del dolor, ahí no tenemos dominio de nosotros mismos. Por otro lado, podemos testimoniar nuestra vida desde el lugar seguro, desde el presente, alejado de cualquier vicio que nos haga regresar al lugar del dolor, porque esos lugares pueden estar ahí, pero nosotros somos más, y cuando nos sabemos a salvo en el presente, la historia dolorosa pierde peso.
Dios hace nuestra carga ligera, el peso del dolor lo disminuye el amor de Dios, su amor gratuito y sin miramientos nos reconforta en el presente, antes de nacer somos amados por Dios, durante nuestra vida Dios únicamente quiere amarnos y eso seguirá haciendo durante la eternidad. Nuestro testimonio es que somos amados de Dios, y que en todo hemos querido decirle también: yo te amo.

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