miércoles, 30 de julio de 2014

¿Vale la pena sufrir?

Existen muchas voces y tratados que sustentan el valor del sufrimiento como una causal de valor para una próxima vida o para algún otro beneficio menor, sin embargo, la vida contiene un valor intrínseco como única e irrepetible; del mismo modo todos los hombres y mujeres de este mundo en algún punto hemos tocado el dolor en alguna de sus formas,tal manera que me surgen tres preguntas preliminares: ¿que beneficio trae el sufrimiento?, ¿nos ayuda el sufrir?, ¿a Dios le gusta que suframos?. Cuando hablo de sufrimiento, hablo de una prolongación programada de la voluntad humana de continuar el tiempo la sensación de dolor por uno o diferentes motivos. Existen dolores naturales, como el provocado por una caída a un mismo nivel, o el dolor que se siente ante la muerte de un familiar o un ser querido; aquí hablamos del sufrimiento como primera premisa de vida, tan exaltado por personas que lo levantan como su carta de presentación, casi que se presentan diciendo: aquí estoy y sufro mucho. Presento tres premisas: 1.-La vida es una, 2.- Vive el día al máximo, 3.- se vive mejor feliz. Premisas que provienen de la cultura religiosa occidental, de la filosofía helenista, del posmodernismo que vivimos, y que nos hacen sopesar como inferior el sufrimiento, muy por debajo de sentimientos como la dicha y la felicidad. Pensando en tales cuestiones, por lo menos, si el sufrimiento es un requisito del vivir, entonces vivir no es tan dichoso, ya que queriéndolo o no, a todos nos toca beber de su amargo vino, luego, como es permitido dudar, me parece que no tiene ningún sentido prolongar el sufrir en tanto que valor de vida o carta de presentación. Yo mismo he sufrido, he visto el dolor en carne propia, he acompañado a amigos en momentos muy duros, y más allá de forjar un carácter de fortaleza, nada me ha quedado, la desilusión del que pinta un trazo que se lleva el viento o el saber que se ara en el mar, la sangre y el silencio no son buenos acompañantes de la vida en tanto que ferviente, única y abierta al alcance de la fe, o del que no tenga fe, dentro de los límites de la etapa vital que tanto para unos como otros, debe ser vivida intensamente, buscando dejar un legado para las próximas generaciones.

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